En cristiano el viento es Espíritu.Porque sí, porque lo quiso él mismo, o bueno, ella misma, o ellas,… o… en fin, Trinidad, esa experiencia de encuentro, de risa, de amor compartido, repartido y bienpartido que se llama Trinidad, nombre de mujer.

El viento sopla cuando quiere y como quiere. Es libre. Unas veces sopla de un sitio, otras de otro… El viento revuelve, incomoda,… y limpia.

No puedes atraparlo, ni con las manos, ni con los ojos, ni siquiera con los sueños. A veces pretendo quedarme con un poco de Espíritu, ya sabes, para los malos ratos y… nada, desaparece, y me deja un espacio que suena a canción de libertad.

La Ruah Santa revuelve la conciencia, desbarata el corazón enamorado, el cual sabe lo que ha de hacer pero teme hacerlo. El Espíritu de Jesús, no nos engañemos, es un amigo incómodo, que se pega a la oreja y te susurra universos casi increíbles que puedes conquistar… si te lanzas.

El Espíritu no es experiencia solo en Pentecostés, no, la Ruah Santa es anhelo interno que abre, fuerza, exige y pretende.

El Espíritu limpia. Después de un encuentro con Él la casa interior queda limpia, vacía, dispuesta a llenarse de verdad, de Verdad de la buena, de la que crece, se desarrolla y da fruto, unas veces 100, otras veces mil,…

Nacer de nuevo es entregarse al Espíritu, decirle que sí, que eso que susurra es cierto, que lo sé, pero que no me atrevo, que no es fácil, que tengo miedo.

El viento sopla cuando quiere, y yo dejo que mi alma sople con él, como haciendo pompas, creando ilusión.

Pero ella me dice que no, Ruah me insiste que no es ilusión, que es realidad y que busca entrega.

“No tengas miedo, Yo estoy contigo, desde ahora hasta el final”