Huésped humano, huésped Dios.

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Huésped humano, huésped Dios.

Es cierto que el ser humano es huésped en el mundo, en la casa de Dios, y no es menos cierto que Dios se hace huésped del ser humano cuando éste le acoge en su alma. Cuando el hombre o la mujer se abre a la presencia cierta de un Ser que le trasciende, no puede por menos que acogerlo y mostrarse a él.

En la revelación, Dios se dirige al ser humano, le interpela y comunica la buena noticia de su salvación. Pero no hay verdadero encuentro entre el ser humano y Dios si falta la respuesta de la fe. Solo entonces la palabra del Dios vivo halla en el ser humano acogida y reconocimiento. Cuando el ser humano se abre al Dios que habla, Dios y el ser humano se encuentran en comunicación de vida[1]. Se produce ahí, como en toda acción de hospitalidad, un intercambio entre el anfitrión (ser humano) y el huésped (Dios). Ambos van dándose a conocer, relacionándose y construyendo una historia juntos.

Esta relación entre Dios y el ser humano se produce de una forma social, a través de la historia de la revelación, y en ella, además, de una forma personal, revelándose a cada persona en concreto. Dios va poniendo palabras a lo largo de la historia para que podamos entenderle hasta que, finalmente, Dios pronuncie su última Palabra, en la que quedará todo dicho: Jesús de Nazaret, el Cristo. Y aquí encontramos la plenitud de la hospitalidad[2].  Dios hecho hombre pide asilo y espacio en la humanidad.

El hecho de que Cristo, nuestro Señor, por quien estamos en el monasterio, haya pasado por la experiencia de ser huésped en el mundo y dentro de nuestra humanidad hace que miremos al otro, y en este caso a quienes se acercan a nuestra casa, de forma distinta. Procuramos hacer realidad la máxima de san Benito de tratar al huésped como a otro Cristo.

Que Dios se haya hecho hombre dignifica nuestra condición limitada, nos hace aún más semejantes a Dios, sacraliza nuestra existencia. Por ello la hospitalidad obliga a recibir al extraño como al propio Jesús.

[1] TORRALBA, F., No olvidéis la hospitalidad…, p. 71.
[2] No vamos a hablar de María como icono de la hospitalidad (no en vano albergó en su seno al mismo Dios), o de José, que practica la acogida desde una posición discreta pero sería un apartado interesante.

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