La risa de la Pascua

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La risa de la Pascua

SARA DE UR: “SI YO HUBIERA ESTADO ALLÍ…

 

… aquella mañana, si, en vez de María de Magdala, hubiera sido yo, Sara de Ur, la que se encontrase con el hortelano, la que descubriera que el Maestro vivía… creo que habría caído de rodillas sobre la tierra fresca de la mañana y habría empezado a reír.

La risa me ha acompañado desde aquella primera carcajada ante el anuncio de Dios de que iba a ser madre en la vejez. Yo, la de vientre estéril, seco ya, la del vientre olvidado e inservible desde su creación.

Entonces me reí, con nervios y dudas, y nueve meses después, cuando puede acariciar la piel tibia y real de mi hijo, reí de nuevo, mirando hacia lo alto. Reí y reí, y mi risa fluyó como los ríos de la tierra prometida, una risa larga, regeneradora, , una risa contagiosa porque Abrahán comenzó también a reír y con él la familia, los criados. Creo que hasta los ganados reían, y el eco de una risa bendita y bendecida resonaba en el valle que habitábamos, tapando cualquier sonido, ocultando cualquier dolor.

Desde entonces todas las generaciones ríen conmigo, pero… si yo hubiera estado aquella mañana mágica, si hubiera sido mi nombre el pronunciado en el silencio aún dormido de ese primer día de la semana… habría reído de otra manera. Mi risa no habría sido un río,… no, más bien un manantial, un surtidor, algo más profundo. Mi corazón habría bombeado risas, sí, y lágrimas, de esas que no caben en lo ojos, de las que se desbordan, de las que nacen solas de unas entrañas repletas de vida.

Ese Jesús sería también descendiente de aquellas estrellas incontables que Dios prometió multiplicar en mi vientre. Dios soñaba estrellas para el futuro e iba colocándolas en el tiempo, para que fuesen desprendiéndose a lo largo de los siglos, construyendo así un camino que llegase hasta esa mañana eterna de encuentro entre Jesús y María de Magdala.

Jesús, mi Señor, también es hijo mío, sangre de mi sangre.

Jesús, Él sí que es el Hijo de la Promesa.

Y yo reiré por toda la eternidad”.