¡Te tiene que gustar!

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¡Te tiene que gustar!

¡Te tiene que gustar!, me repetía N.

Nos ha llevado algunas semanas preparar el nuevo gallinero. Después de la experiencia de hace un par de años nos hemos animado a hacer algo más serio, más duradero. Hemos levantado un nuevo espacio para albergar galinas. Tras preparar el “edificio” terminamos de colocar la cerca.

Una vez hecho esto necesitábamos las inquilinas, claro. El mundo de las gallinas, es eso, un mundo. Nosotras estamos empeñadas en ir haciendo, poco a poco, un  “eco-monasterio”. Eso significa muchas cosas: desde la huerta ecológica, las bombillas led, los tés de comercio justo, hasta comprar gallinas que no estén modificadas genéticamente para producir huevos como si fueran metralletas (bueno, exagero un poco). Todo eso conlleva invertir más esfuerzo, compromiso y dinero, así que decidimos comprar algunas gallinas más comunes, de raza Legornh (blancas) y otras autóctonas de Cantabria, de raza pura, las cuales se está tratando de recuperar trs un tiempo pargo en el olvido, las Pedresas (grises). Las blancas se compran en cualquier sitio pero las pedresas no.

Nos dieron el número de teléfono de un “paisano” de un pueblo cercano. Nos pusimos en contacto con él y nos dijo que podía vendernos 5 pedresas. Concretamos el encuentro y allá que fuimos, a por nuestras gallinas auténticas. El paisano es un jovenzuelo imberbe enamorado de sus animales. “Elige las que quieras”, me dijo, mirando entre las 25 gallinas, las ocas y demás. “No sé, las que tú veas, no entiendo mucho”, le respondí. En un pis pas las tenía a todas dentro del gallinero. Se metió dentro, cerró la puerta, y… empezamos a oirle hablar o ¿cantar?. Salió con una gallina en las manos: “¿Te gusta esta?”,  “si es que me da igual”, “¡pero es que te tiene que gustar!”, me dijo casi suplicante. Por supuesto, le dije que era estupenda. Y así con las 5 gallinas. Para él no era una simple venta, se desprendía de 5 animales criados por él.

Habíamos ido convencidas de que queremos ayudar a volver a un estilo de vida más natural, porque, entre otros motivos, es algo que “pega” con la vocación monástica. Salimos convencidas y entusiasmadas de que mucha gente tiene ese deseo sin demasiada reflexión, que es costoso pero posible.

Gracias a N por su entusiasmo sin romanticismos.

Ahora tenemos 11 gallinas, las blancas, que proceden de jaulas no saben casi ni escarbar, les cuesta pisar la hierba y disfrutar de espacio abierto. Las pedresas están a sus anchas.

 

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