Nada que añadir, nada de nada

Nada que añadir

Nada que añadir, nada de nada

Ni una coma, la enseñanza es patente. No es necesario añadir nada.

No hace mucho, hablando con una amiga, nos comentaba que conocía a un monje muy anciano (y recalcaba lo anciano que era alargando la «u» de muy, sonando muuuuuuuuuuuuy anciano) el cual le había dado una gran lección.

Este monje le había dicho que estaba perdiendo la memoria, y que se daba perfecta cuenta de ello; él, que había tenido una memoria envidiable, y una lucidez pasmosa.

Pero el monje no lo decía con dolor, rabia o resignación, no, lo contaba aceptando su realidad, como había tenido que aceptar otras muchas realidades a lo largo de su longeva vida.

-«Mira, estoy perdiendo la memoria, muchas cosas no las recuerdo pero… no importa. Ya no tengo que preocuparme por el pasado, pues no lo recuerdo. Tampoco he de estar pendiente del futuro ya que cuando planeo algo al cabo de un tiempo olvido aquello que había planeado. Solo tengo que ocuparme del presente, porque esto sí lo recuerdo. Ahora ya solo tengo que vivir el tiempo en el que soy y estoy».

Nuestra amiga estaba emocionada.

También nosotras.

¿Qué vamos a añadir?

Nada, absolutamente nada.