Algunas cosillas a considerar

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Algunas cosillas a considerar

En este tiempo de verano vienen muchos huéspedes a disfrutar de la paz que propicia el monasterio y a ahondar en su vida fe.

También llegan a nuestras puertas numerosos curiosos, esos que, si te tropiezan por cualquier motivo preparando la iglesia, trabajando en la hospedería o atendiendo a alguien no reprimen sus ganas y te preguntan sobre este “original” estilo de vida. No es nada difícil darse cuenta de si quien tienes delante pregunta por verdadero interés de conocer o por verdadero interés de “saber”.

El colmo (bueno, no, hay otros colmos mayores) es cuando, mirándote a los ojos, torciendo levemente la boca, a medio camino entre el escepticismo, la grima y el “pobrecita”, una señora te pregunta, sin ningún pudor, si “no te aburres ahí dentro todo el día metida y con las mismas personas”. Lo confieso, imposible evitar que el corazón suspire cansado ante tanta necedad. Esbozas tu mejor sonrisa de manso cordero y explicas que no estás cumpliendo condena sino que vives lo que quieres vivir (¿no está tan de moda que cada cual viva como quiera?, ¿por qué la gente piensa que las monjas vivimos castigadas?) y después, acentuando la sonrisa ovejera, le preguntas si a ella no le aburre soberanamente dormir siempre con ese señor que le acompaña (para esto, prudentemente, evitas poner la misma cara de asco que puso ella al preguntar primero). Algunas personas sonríen “pillando” el contenido profundo, otras, en cambio, se molestan por mi desfachatez. No entiendo por qué ellas pueden ofenderme poniendo en duda la validez, autenticidad y legitimidad de mi opción de vida y yo no puedo interesarme por la suya. La única respuesta que encuentro es su cortedad de miras. Qué pena.

La vida contemplativa no es un castigo, es una decisión sopesada, orada, valorada, madurada,… Creo que las monjas somos lo bastante cabales como para no continuar en una opción cuando, llegado el caso, reconocemos equivocada. Aunque, cierto es, de todo hay en la viña del Señor.

La clausura, que, lamentablemente es lo más llamativo de nuestra vida, no es lo que nos define. No somos “monjas de clausura”. Somos monjas. Y con esto ya queda definida la opción. Y no somos “monjitas de clausura”, por mucho que me digan que es cariñoso el diminutivo, ¿o es que también hablamos de los “monjitos de clausura” o los “frailitos del colegio”?He constatado que la mayor parte de las veces quienes utilizan diminutivos para hablar de alguien no tienen muy claro que sea bueno el sustantivo original: monjita (monja), negrito (negro), viejecito (viejo)… ¿Dónde está el problema en ser monja, negro o viejo?

No existen las monjas de clausura. Existen monjas que se sirven de la clausura (por cierto, invento medieval, principalmente masculino, impuesto, repito, impuesto, a la vida religiosa femenina de su tiempo… y de más tiempos) para desarrollar su vocación.

Mire, la clausura no es tanto que yo no pueda salir como que usted, que está leyendo esto, no pueda entrar. La clausura facilita unos espacios donde la soledad y el silencio me permiten avanzar por el camino de la interioridad y del encuentro con Dios. Claro que, para eso, no necesito acuñar el término “clausura”, mi opción de vida, tomada en libertad, conlleva esos espacios. Es la respuesta generosa de mi corazón enamorado a la invitación de Jesús; ya nos encargamos en mi comunidad de crear tiempos y espacios y todo lo necesario para poder vivir en radicalidad este anhelo del corazón. Se lo prometo, nadie más interesada que la propia monja en vivir fielmente aquello por lo que ha optado y que le ha supuesto un montón de pequeñas, y grandes, renuncias.

¿Por qué hay tanto morbo con la clausura?

A veces te encuentras con personas que intentan hurgar por rendijas, ventanas, puertas entreabiertas, queriendo ver lo que hay donde ellas no pueden poner sus pies. A esas personas les aseguro que en nuestra casa no tenemos monjas disecadas, calaveras con cenizas, sogas ensangrentadas o yo qué sé qué suerte de tonterías tendrán en la cabeza.

Mi vocación contemplativa, o monástica, es idéntica que la de, por poner un ejemplo de una comunidad masculina conocida, los monjes benedictinos de Silos. La vocación es la misma, las diferencias debieran estar solo en la tradición, orden, costumbres, etc. ¿Por qué entonces algunas personas, incluso algunos presbíteros, me hablan con condescendencia, como si fuera incapaz de entender, razonar e incluso dar réplica a sus argumentos?, ¿por qué tanto hincapié en la clausura (con aquel origen de sujetar a las monjas) o la esponsalidad (y el mismo origen de sujeción)?, ¿por qué me preguntan si hago pastas o “¡algo!” y no si tenemos una buena biblioteca?

Por supuesto que tengo varias respuestas, pero este texto solo pretende crear reflexión, una reflexión que tenemos muy mascada en comunidad y que retomamos de vez en cuando para hacernos una autocrítica sana.

Repito, crear reflexión, no polémica ni comentarios no sopesados o ya predetermiandos.

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