Comida, momento sagrado de comunidad

En el refectorio

Comida, momento sagrado de comunidad

«Familia que come unida, permanece unida”, dice el refranero popular. No siempre se cumple el dicho, ciertamente, pero sí que ayuda a construir relaciones el hecho de comer juntos.

En la vida monástica le damos mucha, y digo MUCHA, importancia a las tres comidas diarias. No son simples momentos en los que engullimos inconscientemente lo que se nos sirve, no, son mucho más. Afortunadamente son mucho más.

Nos reunimos en el refectorio (comedor) tres veces al día, siempre después de un momento de oración, bien sea la eucaristía, la hora de sexta, o la oración de la tarde, según sea la hora. Acudimos al comedor en silencio, procurando crear en nuestro interior un clima de agradecimiento y consciencia. Cada hermana se coloca en su sitio y unidas bendecimos los alimentos.

La comida es sencilla, casera, no hay falsas dietas y procuramos evitar aquello que pueda conducirnos a un estilo caprichoso en el modo de alimentarnos, con falsas intolerancias, dietas complejas o gustos innecesarios. Todo tiende a la sencillez, a lo natural.

Comer en silencio nos permite entrar en contacto con los alimentos, percibir su textura, el aroma, su sabor, escuchar el cuidado de la hermana al servir o recoger,… También nos permite agradecer el privilegio cotidiano del alimento, aceptar con alegría lo que recibimos, aunque no siempre sea del agrado propio, aunque no siempre esté en su punto. Agradecimiento por la comida, por la hermana que se ha esforzado en prepararla con mayor o menor acierto, por la que nos ha servido y permanece atenta a las necesidades del resto de la comunidad.

Comer “lo que hay” nos sitúa cerca de la humildad, cerca de la contención de los deseos. En una sociedad en la que tenemos tanto y de todo, el simple hecho de no comer solo lo que nos gusta nos va educando en la aceptación y nuevamente en el agradecimiento.

Comer es un momento sagrado en el que Dios nutre a la comunidad con su creación, por eso comemos unidas, en el mismo tiempo, para recordarnos que caminamos unidas también en esto de crecer, que Dios nos convoca y nos da el alimento, una vez más nos fortalece y nos recuerda que la sobreabundancia atonta, el desperdicio insensibiliza y la ingratitud embrutece.

Cuando comemos en comunidad, reunidas una vez más en su Nombre, rememoramos humildemente las comidas de Jesús, aquellas en las que “sucedían cosas” (una mujer perdonada, un pecador convertido, un reconocimiento pascual,…), aquellas otras que no nos han sido narradas por cotidianas y aparentemente insignificantes, y también, cómo no, las de tantos hombres y mujeres que en el bello silencio de los refectorios monásticos a lo largo de la historia han agradecido a Dios la invitación a comer austera y felizmente en comunidad.

Gracias, Señor, por invitarnos a tu mesa.