El calor no desaparece en invierno

El sol sale en invierno

El calor no desaparece en invierno

El invierno dura hasta el 21 de marzo,… más o menos. Podríamos decir que tiene fecha de caducidad, y está bien, es justo y necesario que el invierno sea invierno porque, si no es así, difícilmente la primavera será eso, primavera.

En el invierno, la naturaleza, aparentemente dormida, desarrolla una labor importante y fundamental: aprender de su muerte, tomar nuevas fuerzas. Las raíces de los árboles se estiran hacia el interior de la tierra buscando el calor. Con esto la planta afianza su sistema radicular en lo profundo del suelo vigorizándose y fortaleciéndose. Cuando el tiempo es más cálido son las raíces más superficiales, las rastreras, las que crecen. Por eso los árboles necesitan profundizar, porque así se hacen más fuertes y son más capaces de soportar los embates de la naturaleza.

Necesitan el invierno, el frío y la destemplanza les hace buscar alternativas, recursos, y maduran, pudiendo así realizar otras labores en la primavera, “según su especie”.

El símil con nuestra vida es fácil, ¿no?

También nosotros, criaturas como otras tantas, necesitamos de nuestros inviernos. La diferencia con otros seres vivos está en que quizá ellos, con sabiduría, no rehúyen ese tiempo oscuro, mientras que nosotros, habitualmente, procuramos evitarlo a toda costa.

Nuestra oscuridad, nuestro frío, ese tiempo que aparece a lo largo de la vida en distintas etapas no es tiempo de muerte sino de ahondamiento. Las épocas de crisis, dentro del proceso natural del ser humano (no entran aquí esas crisis duras y despiadadas que a veces nos trae la vida, aunque también con ellas se aprende y se madura), son épocas de fortalecimiento, de profundización de las raíces. De este modo evitaremos que cualquier mal viento nos derribe del todo.

Temerle a las crisis es una pérdida de tiempo, porque la vida no es una autovía por Castilla sino más bien una carretera nacional por Cantabria.

Claro que es doloroso el tiempo de crisis, doloroso y esforzado, pero… necesario, porque somos así de limitados, y vivir siempre evitando el dolor no nos construye como personas sino que nos asemeja a frágiles orquídeas, preciosas plantas que requieren muchos cuidados y cuyas raíces necesitan luz siempre.

El crecimiento se refleja en un bello rostro arrugado, testigo de batallas, con sus victorias y sus derrotas.

Aun en invierno hay días de sol, momentos que caldean el cuerpo, que anuncian un futuro de luz, de fruto, de fuerza.

En nuestras crisis también hay sol, este Dios que acompaña y caldea el alma, promesa de tierras fértiles, un Dios que anima el camino y nos sostiene en ese tiempo incierto siendo columna de fuego por la noche y nube durante el día.

Lo decía Jesús: “yo estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos”. ¿Qué mejor compañía?