¡Ay, el tiempo! (II)

Tiempo de salvación

¡Ay, el tiempo! (II)

Nuestro tiempo es historia de salvación, es kairós, es el tiempo de Dios prolongado en cada una, somos como minutos de Dios, o años de Dios, que tienen la bendita misión de crear vida plena a su alrededor, la misión de ser presencia buena de Dios.

Nuestro tiempo cronológico ha de convertirse en tiempo «kairótico», de esa manera iremos dando pasos hacia la puerta del Reino.

Resulta muy curioso cómo encontramos en diferentes textos de la Biblia las palabras, “aprisa, deprisa, rápido”, dentro de un contexto que va a durar varias horas. Por ejemplo, Abrahán invita a tres señores  (que resultan ser ángeles) y dice “¡aprisa, prepara un ternero …”. Un “¡deprisa!” hoy en día sería abrir una lata de ternero cebado a las hierbas de Sara, pero en esa época, las horas duraban más, el tiempo tenía más sabor, sabía a encuentro, a estar y disfrutar. Y se disfrutaba lo mismo de preparar el cordero, de estar con el invitado mientras se aguardaba que de la comida en sí misma.

Esto nos enseña algo en la vida monástica, nos habla de consciencia, de disfrutar del rápido o lento transcurrir de los minutos. Como la imagen que encabeza esta reflexión, en la que vemos a dos personas disfrutando de un momento mientras que parece que el resto de la foto está en un movimeinto frenético.

Aquel encuentro de Abrahán con los ángeles fue ciertamente tiempo de salvación. Abrahán acogió a unos huéspedes y acogió el tiempo que se le presentaba para estar con ellos.

Y aquí podemos hablar de acoger el tiempo, de acoger lo que nos llega, porque todo lo vivido es tiempo de salvación. Como dice el himno: “la noche no interrumpe tu historia con el hombre. la noche es tiempo de salvación”, y de esta manera en ningún momento se corta el tiempo, no hay ruptura en esa historia de salvación, pero podemos ser propiciadoras de la misma, si queremos, si hacemos de nuestra historia, historia sagrada.

Aprovechar el tiempo, realmente, es vivirlo en presencia de Dios. Esto nos lo sabemos de memoria, y no está de más recordarlo. Ser conscientes de la vida que nos invita unas veces y nos torea otras, que nos seduce y nos repele, que nos apasiona y nos da miedo.

Si, como decimos el tiempo es sagrado porque está entretejido con Dios… ¿no deberíamos decir aquello de “mil años en tu presencia es un ayer que pasó”?