Cada noche en el monasterio…

Cada noche en el monasterio…

Cada noche, en el monasterio, nos reunimos en la iglesia la comunidad y los huéspedes para la breve oración de despedida antes del descanso nocturno, antes de que el silencio abrace nuestro sueño. Esta es una costumbre que ya Juan de Mata quiso proponernos desde el principio de la Orden. «Todas las noches se haga oración en común con los huéspedes…» (Regla trinitaria, número 38)

La luz es tenue. La noche envuelve el entorno mientras que la creación se apacigua y se acalla serenamente. Ya pasó la oración de alabanza o de acción de gracias, esta es la oración de la noche, la del descanso, la que completa y pone, en su sencillez, el punto final a nuestro día.

El último gesto que realizamos, cuando ya nuestras voces cantaron a Santa María, es la bendición. A través del agua bendita nos despedimos hasta el día siguiente, si Dios quiere. Los pasos lentos, el gesto atento, la caricia del agua que purifica y renueva la inocencia sumergiéndonos confiadamente en la noche. Y el silencioso encuentro de miradas nos invita al interior, hacia lo profundo. Es como una danza de intimidad donde los ojos se dejan encontrar, y se dejan mirar, y comparten el deseo mutuo de una noche bendita, el agradecimiento silencioso de una mirada fugaz. La Comunión se hace presente en la nana que mece nuestro corazón y que se deja arrullar en el puro corazón de Dios.

Todo es calma. Todo es Gracia. Todo en Dios trino, Amor, amar, amante.